Lanuevaaristocracia’s Weblog

agosto 30, 2008

La vuelta al trabajo

Filed under: Uncategorized — lanuevaaristocracia @ 3:39 pm

Se acabaron las vacaciones y con ellas volvemos a hablar del famoso síndrome postvacacional que afecta, nada menos, que a un 35% de los españoles. 

Según los expertos estamos ante un conjunto de síntomas que reflejan un estado de ánimo como reacción de rechazo al trabajo tras un período más o menos prolongado de vacaciones. Estos síntomas pueden situarse próximos a la depresión, irritabilidad, astenia, tristeza, apatía, ansiedad, insomnio, dolores musculares, tensión, nauseas, extrasístoles (palpitaciones), taquicardias, sensación de ahogo y problemas de estómago, entre otros.

Ante esta descripción no tengo menos que reconocer que se trata de un asunto de entidad y es fácil preguntarse porqué no nos afecta de la misma manera a todas las personas.  Si hacemos caso a los expertos de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria la variable más importante es la percepción subjetiva, la vivencia que tenemos de nuestra vuelta al trabajo:  si esta es negativa estaremos ante el síndrome con todas sus consecuencia.  ¿Cómo evitarlo? Nos aconsejan que escojamos la visión positiva del regreso…  yo la tengo.

Este año he pasado mis vacaciones en Castilla y León.  No había estado nunca y, los que habéis ido, coincidiréis que hacer turismo por esas tierras significa recorrer mucha historia, arte, cultura y gastronomía de España. 

Los que hemos podido hacer vacaciones -aquí hay un primer motivo para pensar en positivo sobre la vuelta al trabajo:  muchos no lo tienen, lo han perdido o bien no se pueden permitir dejar sus hogares- hemos optado por planes variadísimos, me atrevería a asegurar que tan variados como lo es cada una de las personas que lo han realizado.

Sin embargo en la mayoría de los casos hemos podido contemplar la belleza del arte; conocer nuevas culturas; adentrarnos en la historia; disfrutar de la música, el cine o los espectáculos; deleitarnos con una buena gastronomía…

Y ahí está el mejor motivo para considerar el trabajo como algo positivo.  Nada de esas cosas podríamos haberlas tenido sin el trabajo realizado por miles de millones de personas a lo largo de los siglos. 

El trabajo es el principal tesoro que tenemos, no obstante Dios colocó al primer hombre en el paraíso para que trabajara.   Si no fuera algo bueno no lo habría colocado en un lugar bello y agradable.  Desde que lo estropeamos, con nuestro egoísmo y soberbia, perdimos el paraíso y conseguimos hacer del trabajo algo costoso. 

Sin embargo seguimos teniendo motivos para verlo positivo.  ¿Cómo crecemos cómo personas? ¿Como profesionales? ¿Cómo logramos ganar y conservar buenos amigos? ¿Cómo podemos disfrutar de nuestra familia?.  Si pensamos un poco enseguida llegaremos a la conclusión de que todo ello lo obtenemos a través del trabajo.

Desde pequeños aprendemos a leer y a escribir; desarrollamos habilidades; a través del estudio adquirimos conocimientos de nosotros mismos y del mundo que nos rodea; nos hacemos capaces de ayudar a los demás; de participar en la mejora de la sociedad, en la medida de nuestras capacidades y posibilidades; de mejorarnos a nosotros mismos…

Y todo eso se hace trabajando. El trabajo es el eje del que gira nuestro empeño por lograr la perfección, ya que nadie estamos acabados, sino en construcción. ¿Porqué entonces seguimos viéndolo negativo?  Volviendo a la recomendación que nos daban los expertos todo depende del color del cristal con que miramos.  Quizás nos pase como a los obreros que pican piedra para construir una catedral.  Si les preguntamos que hacen uno nos respondería que trabaja para ganar dinero; otro para dar de comer a sus hijos y un tercero para hacer una catedral…  

San Josemaría Escrivá, en su estancia en Burgos durante la guerra civil española, solía subir a una torre de la Catedral con algunos de los jóvenes que participaban en la labor que realizaba “para que contemplaran de cerca la crestería, un auténtico encaje de piedra, fruto de una labor paciente, costosa. En esas charlas les hacía notar que aquella maravilla no se veía desde abajo. Y, para materializar lo que con repetida frecuencia les había explicado, les comentaba: ¡esto es el trabajo de Dios, la obra de Dios!: acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el primor de estas delicadas blondas de piedra. Comprendían, ante esa realidad que entraba por los ojos, que todo eso era oración, un diálogo hermoso con el Señor. Los que gastaron sus energías en esa tarea, sabían perfectamente que desde las calles de la ciudad nadie apreciaría su esfuerzo: era sólo para Dios.”  

 

Un mismo trabajo tiene la dignidad, el valor de la intención con que lo hacemos.  Estamos a tiempo de renovar las nuestras para que nuestro trabajo tenga un valor de eternidad y, de paso,  enviar al síndrome de vacaciones.       

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